Escuela para refugiados en Bruselas: de la tienda de campaña, al aula

(Bruselas, 2 de febrero de 2017)

– ¿Has hecho ya los deberes? –pregunta Céline a Nur.

–Claro que sí –responde ésta con una sonrisa irónica.

–Espero que sea verdad –insiste Céline–. Los deberes son muy importantes.

–Ya sabes que soy muy lista, no te preocupes –replica Nur entre las risas de los presentes.

–Demasiado lista, diría yo.

Nur tiene diecinueve años, estudia secundaria en Anderlecht y pasa las tardes ayudando en el edificio ‘Nuevo Maximilien’, en el corazón de la comuna de Jette, al norte de Bruselas. Llegó hace ocho meses de Siria y habla un francés casi perfecto. “Lo estudié desde pequeña”, explica. A pesar de no llevar mucho tiempo en el país, Nur es una de las voluntarias de la Plataforma Ciudadana de Apoyo a los Refugiados de Bruselas, organización encargada de gestionar las actividades que se realizan en el edificio. Nur tiene la energía de un huracán: baja a abrir la puerta, atiende las visitas, les guía por el edificio, ayuda con cualquier cosa y, en definitiva, no para. No sólo eso, sino que, además, tiene tiempo para hacer los deberes.

“La educación era otra víctima absoluta de la guerra”, escriben Mónica G. Prieto y Javier Espinosa en su libro ‘Siria, el país de las almas rotas’. La guerra deja incontables víctimas tras de sí. La gran mayoría de ellas, pérdidas irreparables. Afortunadamente, para algunos refugiados, la educación, el hecho de ir a la escuela, es una de esas pérdidas que se pueden volver a encontrar, aunque sea lejos de sus casas. Con este objetivo, acercar las aulas a niños a los que la guerra se lo ha arrebatado casi todo, nació la Escuela Maximilien.

Niños en el Parque Maximilien en 2015 (Fuente- Facebook)

Este proyecto comenzó con una tienda de campaña en un parque al norte de Bruselas, lugar donde se asentaron los primeros refugiados que llegaron a la capital belga. Allí, en el Parque Maximilien, aguantaron poco más de un mes, hasta que fueron desalojados. Tras algunos intentos previos de asentarse en un lugar desde el que poder actuar como centro de operaciones, finalmente, se establecieron en este edificio.

Ahora, la escuela cuenta con varias instalaciones, más de veinte profesoras y un aula con todos los materiales que necesitan. El local, que antiguamente servía como centro de oficinas de una mutua de seguros, ha sido alquilado por BXL Refugees, la Plataforma de Apoyo a los Refugiados de Bruselas, una organización en la que se integra esta escuela. “Somos una OSAL, funcionamos como tal, y lo pagamos con las donaciones y el dinero que conseguimos de los eventos. Es algo así como una financiación crowfunding”, explica Céline, profesora de secundaria y coordinadora de la Escuela Maximilien.

Somos voluntarios, no cobramos nada, estamos aquí para ayudar”. La plataforma ofrece servicios jurídicos, clases de idioma, ayuda a las mujeres –con especial atención a las víctimas de abusos sexuales y maltrato–, zona para el deporte, suministro de ropa de segunda mano y, además, colegio para los más pequeños. La plataforma ciudadana se encarga, también, de servir como sostén y apoyo en cualquier materia sobre la que precisen ayuda los miles de refugiados que están en Bruselas. En el epicentro de este edificio se encuentra la Escuela Maximilien. “En algunos casos son los niños los que tiran de los padres, ellos son su principal apoyo”, afirma Céline. “Son ellos los que aprenden más rápido el idioma y los que les sirven de traductores”.

Durante el día, la lluvia no ha dado tregua en Bruselas y las profesoras esperan en el aula a que lleguen los pequeños. Aunque, aseguran, cuando llueve suelen venir solo unos pocos. “Normalmente tenemos unos 35 niños, aunque hoy con la lluvia ya veremos cuantos vienen”. Pasan las dos y media de la tarde cuando los pequeños hacen acto de presencia en el aula. Entran contentos y, ordenadamente, se van colocando en la mesa mientras se ponen sus batas para pintar. Las profesoras voluntarias –todas mujeres– preparan los botes de pintura, los papeles y las brochas.

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Algunos empiezan a dibujar con cuidado. Otros no prestan atención siquiera al color que están usando. Uno de ellos tira de brocha gorda, salpicando la mesa e incluso al dibujo de su compañero de al lado. Se respira tranquilidad y alegría en el aula. “Hoy es un día en que se nota el feeling con los niños”, afirma riéndose Céline. “Esto es muy importante, de eso depende que un día hagamos pintura, otros deberes y, aquellos en los que vienen con mucha energía, les pongamos a hacer deporte”.

Judith está dibujando una granja con una concentración y un cuidado envidiables. Cambia pinceles y colores y, aun cuando los demás compañeros se han cansado ya de dibujar, ella sigue centrada en su tarea. Los padres de Judith no trabajan, sino que aprenden francés en la escuela para adultos de la plataforma. Ella tiene 11 años y también llegó a Bruselas desde Siria, aunque dice que no se acuerda ni de la ciudad en la que vivía, ni del tiempo que lleva aquí. “2016”, responde pensativa. Su francés es más pobre que el de los demás niños, pero se expresa con vitalidad y una amplia sonrisa.

“En mi casa tengo algunos dibujos de la época del parque y son dibujos muy, muy duros”, afirma Céline. No suelen hablar con ellos de la guerra ni de su condición de refugiados, pero es algo que, sobre todo al principio, no dejaba de salir retratado en los dibujos de los pequeños. Aunque hay veces que este tipo de conversación surge espontáneamente. “Una vez que hablan francés, ahí vemos que tienen una vía para contar sus historias y que les escuchen. Y ahí hay mucho trabajo a hacer”.

Recuerda Céline una de estas conversaciones con uno de sus alumnos: “Nunca hago preguntas, pero cuando sale…”

–¿Sabes? En mi país se han vuelto todos muy chistosos –le dijo uno de los pequeños. Recuerda Céline que le miró, perpleja, y le preguntó:

–¿Chistosos? ¿Te refieres a que están contentos?

–No quería decir eso… Digo que se han vuelto locos. ¡Se matan entre ellos!

Hay familias que llegan y encuentran trabajo y otras que llevan mucho tiempo en la plataforma y siguen parados. “Tenemos casos de todos los tipos”, comenta Céline. Eso sí, aunque los padres no tengan trabajo, todos los niños están inscritos en alguna escuela. Ante esto, Céline también afirma que la organización sirve como ayuda a aquellos que, por el idioma, les cuesta más integrarse. “Algunas escuelas organizan clases especiales para que puedan aprender francés. Aunque también hay escuelas que les meten directamente en clase con los otros niños”.

Céline cuelga los dibujos de los niños para que se sequen.JPG

Aunque ese no es el principal problema. Como en casi todas las grandes ciudades, hay barrios marginales en los que las escuelas afrontan sus propios problemas en cuanto a educación. “Aquí hay colegios en barrios donde ya hay muchos problemas, y metes un 10% de refugiados y, además, pones a profesores o directores que viven a las afueras de Bruselas, en el campo, y que no son conscientes de la realidad que aquí se vive… y no haces más que engordar el problema. Y esperas que eso funcione. ¿Cómo quieres que eso funcione? No es su culpa, pero están muy lejos de la realidad que viven los niños aquí”, se queja Céline.

Por ello, la Escuela Maximilien sirve como apoyo adicional tanto a hijos como a padres. “Estamos aquí para ayudarles con los deberes y dar respuestas a los padres cuando tienen dudas o inquietudes sobre el sistema educativo”. Algunos de ellos llegaron a decirle a Céline que el sitio en el que estaban inscritos sus hijos “no era una buena escuela porque los niños no escriben”. Céline les respondía que eso era normal, que los que son tan pequeños no escriben todavía. “En Siria empezamos a escribir a los tres años”, le respondió preocupado ese padre a Céline. “Allí tenían normas más estrictas y se sorprenden muchas veces de la libertad que hay en nuestras escuelas”, afirma la coordinadora de la escuela.

Cuando los niños terminan sus dibujos, las profesoras los van colgando para que se sequen. Al final del día algunos de ellos terminarán pegados en la pared del fondo. “Aquí solo pongo los más alegres, en realidad”, confiesa Céline. “Los tristes los tengo en mi casa”. Hoy es uno de esos días en los que hay más profesoras que niños. Para Blanca, una de las voluntarias, este es su primer día. Blanca es logopeda y tenía muchas ganas de formar parte de la plataforma. “Creo que es importante que los niños puedan hablar bien el idioma y, si yo puedo servir de ayuda, aquí estoy para lo que necesiten”.

Céline hace un tour por el edificio para mostrar el resto de instalaciones: La asociación para mujeres, la sala de fisioterapia, las oficinas, las escuelas para adultos y, arriba, la sala de deporte. Céline finaliza el tour en el suministro de ropa para los refugiados: Dos habitaciones repletas de zapatos de todos los tipos y colores, abrigos, bufandas y cientos de prendas distintas.

Por allí se encuentra también Nur, que ayuda junto a una amiga a atender a los que llegan en busca de ropa. “No habla francés”, explica Nur refiriéndose a ésta. “Tiene 14 años, llegó desde Siria pasando por Turquía, aunque no sé qué camino siguió después”, cuenta con una sonrisa y mucha energía. “Su padre no trabaja, apenas puede moverse. No sabemos qué le pasa, pero seguramente sea debido al shock”, afirma convencida. Nur no tuvo que huir de la guerra en barco, ella tuvo la suerte de poder venir en avión. “Conseguí un visado, a pesar de que hay muy poca gente que pueda hacerse con uno en Siria”. Al contrario que su amiga, su padre sí que trabaja. Nur viajó desde Siria con sus hermanos, aunque no especifica cuántos son: “Mis hermanos son pequeños y también tengo uno mayor que yo”, afirma sin entrar en detalle.

Blanca ayuda a uno de los niños con su dibujo.JPG

Céline recuerda con tristeza que, antes de alojarse en este edificio, tras el desalojo del parque, tuvo lugar una “segunda ola” de refugiados. “La gente estaba en muy mal estado, mucho peor que aquellos que nos encontramos en el parque. Estaban enfermos, tenían hambre, frío, habían cruzado todos los cambios políticos europeos. Y habían hechos trayectos realmente impresionantes”, explica. “De aquella época hay niños que conocimos entonces y que aún hoy siguen viniendo”.

De aquellos días Céline también recuerda las peores historias. “Hace un año tuvimos unas gemelas aquí en la escuela, que nos contaban con una sonrisa enorme que sus padres habían decidido no dejar a su hermanito muerto en la playa y lo habían llevado con ellos hasta llegar a Bélgica, para darle un entierro digno. Los padres habían logrado, no sé a través de qué tipo de historias, hacerles pasar ese viaje y esa guerra como si fuera la historia de ‘La vida es bella’. Las niñas al final lo contaban con una sonrisa, un hecho tan dramático”.

A las cuatro de la tarde se acaban las clases y la escuela cierra sus puertas hasta el próximo miércoles. Un día para los estudios, otro para divertirse. El resto del tiempo la plataforma lo emplea para prestar otro tipo de ayudas y apoyo a los padres que lo necesiten. La Escuela Maximilien hace mucho tiempo que pudo dejar atrás el parque, la tienda de campaña, y pudo asentarse por fin en un aula. Para algunos de los niños y los padres va a ser muy difícil dejar atrás aquella época. Aunque, para ayudarles a ello, trabajan duro Céline, Blanca y el resto de voluntarias, día a día, desde esta plataforma.

 

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